Cuando la vida golpea como olas constantes,
no solo nos afecta lo que vivimos, sino también cómo empezamos a ver a las personas.
A veces, sin darnos cuenta, creamos sesgos.
Interpretamos a los demás desde nuestras heridas, desde lo que nos han hecho sentir.
Y ahí es donde todo se vuelve más complejo.
Porque no siempre podemos alejarnos.
Hay vínculos —familiares, laborales, personales— que nos atan desde el respeto, la responsabilidad o el cariño.
Y sostener eso… pesa.
Pasa más de lo que creemos.
Como cuando convives con alguien que te desquicia, incluso después de haber hablado las cosas.
O cuando, por más que intentes expresar cómo te sientes, la otra persona no logra ver que sus acciones están dañando.
Es ahí cuando aparece la duda:
¿seré yo el problema?
Y no todo es blanco o negro.
No todo es tolerable, pero tampoco todo se puede romper de un día para otro.
La verdadera cuestión es:
¿cómo hacerlo llevadero?
Porque hay lazos que no se deshacen fácilmente.
Y aprender a convivir con eso es un ejercicio profundamente difícil.
Quizás no se trata de tener siempre la respuesta,
sino de aprender a sostenernos a nosotros mismos en medio del caos.
Respirar.
Tomar distancia emocional cuando sea necesario.
Y, sobre todo, mentalizarnos de que no todo depende de nosotros.
A veces, el mayor acto de fortaleza
no es cambiar a los demás,
sino aprender a no rompernos en el intento.
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